| Arquitectura
emocional
Luis Barragán
En proporción
alarmante han desaparecido en las publicaciones dedicadas a la arquitectura
las palabras belleza, inspiración, embrujo, magia, sortilegio,
encantamiento y también otras como serenidad, silencio, intimidad
y asombro. Todas ellas han encontrado amorosa acogida en mi alma, y
si estoy lejos de pretender haberles hecho plena justicia en mi obra,
no por eso han dejado de ser mi faro. Voy a presentar ante ustedes algunos
pensamientos, recuerdos e impresiones que, en su conjunto, expresan
la ideología que sustenta mi trabajo.
Religión y mito.
¿Cómo comprender el arte y la gloria de su historia sin
la espiritualidad religiosa y sin el trasfondo mítico que nos
lleva hasta las raíces mismas del fenómeno artístico?
Sin lo uno y lo otro no existirían las pirámides de Egipto
ni las nuestras mexicanas; no habría templos griegos ni catedrales
góticas, ni los asombros que nos dejaron el Renacimiento y la
Edad Barroca; no las danzas rituales de los mal llamados pueblos primitivos
ni el inagotable tesoro artístico de la sensibilidad popular
de todas las naciones de la Tierra. Sin el afán de Dios, nuestro
planeta sería un yermo de fealdad. “En el arte de todos
los tiempos y de todos los pueblos impera la lógica irracional
del mito”, me dijo un día mi amigo Edmundo O’Gorman,
y con o sin su permiso me he apropiado de sus palabras.
Belleza. La invencible
dificultad que siempre han tenido los filósofos para definir
la belleza es muestra inequívoca de su inefable misterio. La
belleza habla como un oráculo, y el hombre, desde siempre, le
ha rendido culto, ya en el tatuaje, ya en la humilde herramienta, ya
en los egregios templos y palacios, ya, en fin, hasta en los productos
industriales de la más avanzada tecnología contemporánea.
La vida privada de belleza no merece llamarse humana.
Silencio. En mis jardines,
en mis casas, siempre he procurado que prive el plácido murmullo
del silencio, y en mis fuentes canta el silencio.
Soledad. Sólo en
íntima comunión con la soledad puede el hombre hallarse
a sí mismo. Es buena compañera, y mi arquitectura no es
para quien la tema y la rehuya.
Serenidad. Es el gran
y verdadero antídoto contra la angustia y el temor y hoy, más
que nunca, la habitación del hombre debe propiciarla. En mis
proyectos y en mis obras no otro ha sido mi constante afán, pero
hay que cuidar que no la ahuyente una indiscriminada paleta de colores.
Es al arquitecto a quien le toca anunciar en su obra el evangelio de
la serenidad.
Alegría. ¡Cómo
olvidarla! Pienso que una obra alcanza la perfección cuando no
excluye la emoción de la alegría, alegría silenciosa
y serena para ser disfrutada en soledad.
La muerte. La certeza de nuestra muerte es fuente de vida, y en la religiosidad
implícita en la obra de arte triunfa la vida sobre la muerte.
Jardines. En el jardín
el arquitecto invita al reino vegetal a colaborar con él. Un
jardín bello es presencia permanente de la naturaleza, pero la
naturaleza reducida a proporción humana y puesta al servicio
del hombre, es el más eficaz refugio contra la agresividad del
mundo contemporáneo.
“El alma de los jardines”, decía Ferdinand Bac, “alberga
la mayor suma de serenidad de que puede disponer el hombre”. Y
fue Bac quien despertó en mí el anhelo de la arquitectura
de jardín. Él decía: “En este pequeño
dominio [sus jardines de Les Combiers] no he hecho otra cosa que unirme
a la solidaridad milenaria a que todos estamos sujetos, que no es sino
la ambición de expresar con la materia un sentimiernto común
a muchos hombres en búsqueda de un vínculo con la naturaleza
al crear un lugar de reposo, de placer apacible”. Ya se ve que
es condición de un jardín aunar lo poético y lo
misterioso con la serenidad y la alegría. No hay mejor expresión
de la vulgaridad que un jardín vulgar.
En una vasta extensión de lava al Sur de la ciudad de México
me propuse, arrobado por la belleza de ese antiguo paisaje volcánico,
realizar algunos jardines de humanización, sin destruir tan maravilloso
espectáculo.
Paseando entre las grietas de lava, protegido por la sombra de imponentes
murallas de roca viva, súbitamente descubrí ¡oh
sorpresa encantadora!, pequeños secretos y verdes valles rodeados
y limitados por las más caprichosas, hermosas y fantásticas
formaciones de piedra que había esculpido, en la roca derretida,
el poderoso soplo de vendavales prehistóricos.
Tan inesprado hallazgo de esos valles me produjo una sensación
no desemejante a la que tuve cuando, caminando por un estrecho y oscuro
túnel de la Alhambra, se me entregó, sereno, callado y
solitario, el hermoso patio de los Mirtos de ese antiguo palacio. Contenía
lo que debe contener un jardín bien logrado: nada menos que el
universo entero.
Jamás me ha abandonado tan memorable epifanía y no es
casual que desde el primer jardín que realicé en 1941,
todos los que le han seguido pretenden con humildad recoger el eco de
la inmensa lección de sabiduría plástica de los
moros de España.
Fuentes. Una fuente nos
trae paz, alegría y apacible sensualidad y alcanza la perfección
de su razón de ser cuando por el hechizo de su embrujo, nos transporta,
por decirlo así, fuera de este mundo.
En la vigilia y en el sueño me ha acompañado a lo largo
de mi vida el dulce recuerdo de las fuentes maravillosas; las que marcaron
para siempre mi niñez: los derramaderos de aguas sobrantes de
las presas; los aljibes de las haciendas, los brocales de los pozos
en los patios conventuales; las acequias por donde corre alegremente
el agua; los pequeños manantiales que reflejan las copas de árboles
milenarios, y los viejos acueductos que desde lejanos horizontes traen
presurosos el agua a las haciendas con el estruendo de una catarata.
Arquitectura. Mi obra es autobiográfica, como tan certeramente
lo señaló Emilio Ambasz en el texto del libro que publicó
sobre mi arquitectura el Museo de Arte Moderno de Nueva York. En mi
trabajo subyacen los recuerdos del rancho de mi padre donde pasé
años de niñez y adolescencia, y en mi obra siempre alienta
el intento de trasponer al mundo contemporáneo la magia de esas
lejanas añoranzas tan colmadas de nostalgia.
Han sido para mí motivo de permanente inspiración las
lecciones que encierra la arquitectura popular de la provincia mexicana:
sus paredes blanqueadas con cal; la tranquilidad de sus patios y huertas;
el colorido de sus calles y el humilde señorío de sus
plazas rodadas de sombreados portales. Y como existe un rofundo vínculo
entre esas enseñanzas y las de los pueblos del Norte de África
y de Marruecos, también éstos han marcado con su sello
mis trabajos.
Católico que soy, he visitado con reverencia y con frecuencia
los monumentales conventos que heredamos de la cultura y la religiosidad
de nuestros abuelos, los hombres de la Colonia, y nunca ha dejado de
conmoverme el sentimiento de bienestar y paz que se apodera de mi espíritu
al recorrer aquellos hoy deshabitados claustros, celdas y solitarios
patios.
Cómo quisiera que se reconociera en algunas de mis obras la huella
de esas experiencias, como traté de hacerlo en la capilla de
las monjas capuchinas sacramentarias en Tlalpan, ciudad de México.
El arte de ver. Es esencial
al arquitecto saber ver; quiero decir, ver de manera que no se sobreponga
el análisis puramente racional.
Y con ese motivo rindo aquí un homenaje a un gran amigo que con
su infalible buen gusto estético fue maestro en ese difícil
arte de ver con inocencia. Aludo al pintor Jesús (Chucho) Reyes
Ferreira, a quien tanto me complace tener ahora la oportunidad de reconocerle
públiamente la deuda que contraje con él por sus sabias
enseñanzas.
Y a ese propósito, no está fuera de lugar traer a la memoria
unos versos de otro gran y querido amigo, el poeta mexicano Carlos Pellicer:
Por la vista el bien y el mal
nos llegan.
Ojos que nada ven,
almas que nada esperan.
La nostalgia. Es conciencia
del pasado, pero elevada a potencia poética, y como para el artista
su personal pasado es la fuente de donde manan sus posibilidades creadoras,
la nostalgia es el camino para que ese pasado rinda los frutos de que
está preñado. El arquitecto no debe, pues, desoír
el mandato de las revelaciones nostálgicas, porque sólo
con ellas es verdaderamente capz de llenar con belleza el vacío
que le queda a toda obra arquitectónica una vez que ha atendido
las exigencias utilitarias del programa. De lo contrario la arquitectura
no puede aspirar a seguirse contando entre las bellas artes.
Mi socio y amigo el joven arquitecto Raúl Ferrera y el pequeño
equipo de nuestro taller comparten conmigo los conceptos que tan rudimentaria
e insuficientemente he intentado presentar ante ustedes. Hemos trabajado
y seguiremos trabajando animados por la fe en la verdad estética
de esa ideología y con la esperanza de que nuestra labor, dentro
de sus muy modestos límites, coopere con la gran tarea de dignificar
la vida humana por los senderos de la belleza y contribuya a levantar
un dique contra el oleaje de deshumanización y vulgaridad.
|